Roberto Lovera De Sola escribe sobre Gisela Kosak y su libro “Venezuela el país que siempre nace”. Parte VI

Agosto 25, 2008 por Josefina

RENACER

Nada más significativo que el título que Gisela Kozak puso a su libro, somos, según ello, “el país que siempre nace”, el cual vuelve renacer, a vivir, después de sus más graves experiencias políticas, empinándose ante el “azaroso vivir al día de la historia política venezolana” según escribió Picón Salas(Suma…,p.93). Y ello es así. Y nuestra historia lo certifica. Hubo momentos en los cuales el país pareció desaparecer sin embargo se enrumbó de nuevo y siguió viviendo. Escribió Guillermo Morón:”El Estado venezolano, la nación venezolana, la república y el pueblo venezolano histórico actual, ya debidamente configurado, se conforma en ese período(1830-1935) que tendría que haber sido el de la historia moderna. Pero en la práctica en esos ciento cinco años, desde la toma del poder de José Antonio Páez hasta la muerte de Juan Vicente Gómez, no hay modernidad. Sólo una vasta y áspera lucha por sobrevivir como Estado y como pueblo. En un momento dado, tal vez en dos, casi desaparece el país. En el punto más agudo de la autodestrucción, con la Guerra Federal(1859-1863) las fuerzas físicas y las fuerzas culturales(la identidad) se adelgazaron tanto, que por poco se llega al límite del caos total. Igual ocurre en las vísperas de la dictadura gomecista, en el epígono del poder guzmancista, entre 1890 y 1910, cuando la miseria de toda naturaleza enseñorea al país. Por qué sale a luz en 1936, como para empatar, anudar la historia a la parte positiva de la Independencia, resulta una apasionante interrogación histórica. Tal vez porque las profundas raíces de la unidad de la cultura popular, la igualación social del viejo mestizaje y los nexos del idioma español, fueron suficientemente sólidos; tal vez también por el culto a la heroicidad, la sombra de Bolívar, el recuerdo de los héroes epónimos, un patriotismo a la antigua, convocó en las plazas públicas, en las pocas escuelas, en la voz de algunos hombres ejemplares y en la tradición popular, las escasas fuerzas de la soberanía histórica”(Breve historia de Venezuela,ed.1979,p.181-182. El subrayado es nuestro). Y eso está plenamente vivo en el país que vive la grave crisis que estamos padeciendo. Y sólo los grandes hombres y sus lecciones nos consuelan y nos da vida para seguir. Sí, padecemos en nuestra alma, sí sufrimos, los venezolanos de hoy. Y sólo tenemos a nuestras grandes figuras para aligerar nuestros sentimientos pesimistas, agoreros. Está vivo el hecho, al cual se refiere Gisela Kozak con toda razón, “así como cada individuo requiere de una historia que lo sitúe en el mundo y necesita sus ficciones consoladoras, las naciones tienen sus propios héroes, sus propios relatos fundadores, sus mitos indispensables…en el caso venezolano el paradigma sería el culto a Simón Bolívar”(p.70. El subrayado es nuestro). De allí que sigan tan vivas aquellas palabras que el académico Joaquín Gabaldón Márquez(1906-1984) estampó sobre el original inédito de El culto a Bolívar(1969) de Germán Carrera Damas quien fue mucho lo que criticó aspectos viscerales e intuitivos de tal devoción entre nos venezolanos. Para lograr comprender el hecho, al cual vamos a referirnos, en profundidad, había que echar manos de conocimientos psicológicos muy profundos e incluso de las enseñanzas de la psiquiatría. Y esta no es otra cosa que la forma como para muchos venezolanos la vida y acción de Bolívar los había alentado en medio de los desordenes de nuestra vida pública, de nuestro desordenado vivir político que dijo, reiteramos, Picón Salas(Suma…,p.93). Carrera Damas tituló el capítulo IV de su tesis doctoral “El extremo de una aflicción, el comienzo de una esperanza”. Y el maestro Gabaldón Márquez le acotó con unas palabras certeras, y en plena vigencia hoy, ”Observación: la ‘aflicción’ no suele ser sólo una verdad psicológica real, sincera en muchos casos, menos, o nada sincera en otros; sino también un recurso literario legítimo, a menos que se negara todo valor a la literatura, a la poesía, a la elocuencia. Pero ¿es que esas formas de expresión, como fenómenos humanos que son, no tienen función alguna legítima, según ocasiones, público, etc? ¿Es que sólo existe, con legitimidad, el ‘discurso histórico” científico, analítico, sin emoción, sin pathos? Yo creo que ambas formas de expresión humana conviven legítimamente. En efecto, aquí se peca a menudo tomando todo por ‘historiografía’ cuando hay otros géneros, también válidos”(El culto a Bolívar,ed.1973,p.7.Subrayado de Gabaldón Márquez). Esto que decimos se nos hizo evidente al leer, y al repasar, porque hemos leído El culto a Bolívar varias veces, al menos tres, al pasar de los años porque este es libro angular. Pero hay una realidad emocional que nunca se puede olvidar ni soslayar, todo no puede ser ciencia, porque a veces tocamos lo humano y debemos sentirlo, existe una “historia de la sensibilidad” como nos lo ha mostrado hace poco Pedro Cunill Grau con una suma inmensa de datos y de pruebas(Geohistoria de la sensibilidad en Venezuela. Caracas: Fundación Polar, 2007.2 vols.) y con ella que se debe explorar el delicado sentido psicológico que tiene la vivencia del Libertador para los venezolanos. Y a Bolívar no se puede analizar sin que la intuición, sin el sentimiento e incluso sin el afecto del que estudia a Bolívar, de quien lee sus papeles, se conmueva. Y sin, esto está vivo hoy, que se desee que se vuelvan a repetir los logros del primer caraqueño. Y como segunda cosa hay que repetir la fuerza, única creemos en estos días, sobre todo dentro de la oposición al chavismo, que los venezolanos estamos encontrado en las grandes lecciones de nuestra historia y en las vidas de nuestros grandes hombres y mujeres para resistir la inundación social y política de los más sentido por todos, la existencia de la democracia, del libre debate, de la tolerancia entre unos y otros, que han querido abolir Chávez y su gente. Pero la sociedad democrática venezolana es muy fuerte y es constante en nuestro vivir.
Pero esto que anotamos tiene también otra cara, y hay que mirarla también. Así haríamos verdad aquel planteamiento de Francisco Herrera Luque(1927-1991) según el cual a Venezuela le es necesario, apremiante, “no silenciar los sucesos del pasado sean dignos de elogio o de reprobación”. Por eso el asunto que tratamos tiene otra cara, mirar, claro está, lo hondo y hermoso de este legado pero enjuiciar también lo negro y lo oscuro. A ello se refirió también el analista de nuestra memoria colectiva José Rafael Lovera(1939), discípulo de Carrera Damas, en su lúcida “Reflexión sobre la historia y la conciencia nacional”(Estudios de varia historia,ed. 2002,p.275-277) en donde apunta:”Angustiados por una sensación de hundimiento que parece no tener fin, los venezolanos llevamos varias décadas buscando asideros que nos salven del vértigo…Tiempo lacerante para un compatriota reflexivo…En el desesperado esfuerzo por reconocernos….Imprevisión, desobediencia civil y militar, corrupción y vulgaridad, presentes en todas sus gamas, son algunas de las lacras que vivencialmente percibimos como síntomas persistentes de una enfermedad social que pareciera incurable…Estamos cansados de tanto discurso y ayunos de buenos ejemplos…Pienso que los historiadores tenemos una apremiante responsabilidad: mostrar esos héroes anónimos, insistir en sus vidas, reproducir de manera atrayente el significado que tuvo la existencia de esos hombres; y a la vez ser duros, implacables, en develar los defectos y los errores de muchos grandes personajes velados al malentendido patriotismo…Sólo la pluma, que convertida en bisturí descarne de sus apariencias engañosas esa historia acomodada, ficticia, podrá redescubrir las bases firmes que nos permitan dibujarnos con crudeza, pero a la vez, sentar los puntos reconfortantes de un camino por el que podamos seguir, para mejorar, para dar nuevos briosa nuestra decaída voluntad de pueblo”(p.275-277). Y esto dicho por estar convencido, y coincidimos con él, “Dondequiera que volvemos la mirada en nuestra breve historia, al hurgar un poco en ella, nos ofende el hedor nauseabundo de la corrupción”(p.276).
En momentos de disolución, como durante la Guerra Federal(1859-1863), a nuestro país lo salvaron el culto a los héroes, el constante recuerdo a la figura de Simón Bolívar, es por ello que no saben cuan equivocados están aquellos que critican su culto, la devoción por su persona y aventura humana que siempre ha sido salvador por los aquí nacidos y la presencia de varios destacados maestros que desde sus aulas educaban a la juventud dentro de los más caros ideales que siempre han sido nuestros, aquellos que empujaron a la “Generación de la Independencia” y a las promociones de hombres y mujeres que les han seguido en el devenir del tiempo. Esos ductores fueron los que en momentos de grandes contiendas armadas siguieron estudiando nuestros libros y nuestra tradición, aquellos que fundaron colegios con nombres que invocaban la tranquilidad, el sosiego que es el que permite el vivir y el construir a las naciones, aquellos que fundaron, en medio de los combates, aquellas aulas llamadas “Colegio La Paz”(José Ignacio Paz Castillo) en Caracas, “Colegio “La Concordia”(Egidio Montesinos) en El Tocuyo o “Colegio La Esperanza”(Ramón Pompilio Oropeza) en Carora. Y fue ello lo que permitió al país seguir andando.
Sobre lo que hemos denominado presencia salvadora de Bolívar en la sensibilidad de los venezolanos, en sus vivencias, deseamos reiterar que no estamos enjuiciando a aquellos, que como Carrera Damas, han criticado el culto del Estado por Simón Bolívar sino a la vivencia que está en el alma de los venezolanos, tan hondamente colocada que a veces es imposible utilizar argumentos científicos para acercarnos a ella porque está implantada en la conciencia, en la psiquis, de los venezolanos. Claro que con esta observación para nada deseamos enjuiciar y soslayar los certeros estudios hechos al culto palabrero con el que justifican sus atrocidades, errores y horrores, los gobiernos venezolanos apelando al Libertador. Aquí estamos acuerdo con lo sostenido en los densos libros de Luis Castro Leiva(De la patria boba a la teología bolivariana,1991),Elías Pino Iturrieta(El divino Bolívar,2003), Germán Carrera Damas en su segundo libro sobre estos tópicos(El bolivarianimso-militarismo: una ideología de reemplazo,2055) y Manuel Caballero(Por qué no soy bolivariano,2006). A lo que queremos apelar aquí es a la lo que está más allá del uso de Bolívar por la política y los políticos, siempre criticable. Queremos recurrir a aquello que está en el hondón del espíritu venezolano que es lo que explica, por ejemplo, las frases de la conferencia del cardenal José Humberto Quintero(1902-1984) citadas por Pino Iturrieta en su obra(El divino…,p.156-160), palabras que en la mayor parte de la extensa cita no son más que comentarios basados en exposiciones hechas por el propio Libertador en sus papales. Incluso las críticas a Páez que están en la intervención del purpurado venezolano, cuando las pronunció en 1930 era apenas un sencillo sacerdote, fueron corroboradas más tarde por el historiador Caracciolo Parra Pérez(1888-1984) quien denominó a la Convención de Valencia del año treinta, el congreso paecista, asamblea de iracundos(Mariño y la independencia de Venezuela,ed.1957,t.V,p.184-187). Hacemos referencia a Parra Pérez por ser este historiador a quien ha seguido con exactitud Pino Iturrieta en su libro Nada sino un hombre(2007) por considerarlo sin duda acertado, y lo es, en sus exámenes de ese período de nuestra historia. Tampoco hemos creído que De la patria boba…de Castro Leiva sea un libro anti-bolivariano como se ha dicho sin razón y sin análisis: es la exploración más densa sobre las raíces de su ideario y pensamientos que se ha hecho, obra de nada fácil lectura no sólo por lo denso de sus observaciones, por el precioso conocimiento de las fuentes en las que abrevó el Libertador para formular sus ideas sino por aquella manera un tanto críptica en la cual Castro Leiva se expresada, de esto es un buen ejemplo su esnayo “Para pensar a Bolívar”(Obras,ed.2005,t.I,p.35-45). Tan difícil es comprender con facilidad Castro Leiva que varios de sus más queridos amigos, como el filósofo Rafael Tomás Caldera Pietri o el historiador Manuel Caballero, leyeron sus originales tratando de aclarar lo más posible su lectura para hacer su comprensión posible a diversas gentes. Era tan oscura la forma de expresión, aunque fundamental para la comprensión del Libertador, que siempre hemos pensado que a Castro Leiva siempre le hizo falta, antes de entregar sus escritos a las editoriales, un buen corrector de estilo que trabajara al unísono con él para así hacer la lectura más leve al no iniciado. Claridad inmensa que sí tenía, y en grado sumo, Castro Leiva cuando exponía verbalmente y de memoria desde la cátedra, la conferencia o el discurso sus opiniones para lo cual tenía sobresalientes dotes.
Hay además que agregar algo más que con relación al estudio de Simón Bolívar está sucediendo en estos días dada la arremetida, generalmente desconocedora e, incluso, inculta del chavismo de todo lo relacionado con el Libertador cuyo estudio tiene que ser muy amplio para dominarlo, este debe hacerse con la lectura y examen de al menos doscientas obras básicas(entre documentación e interpretaciones). Si desde el gobierno, incluso el propio comandante, tergiversan a cada rato las palabras de Bolívar o sucesos de su biografía y los historiadores ecuánimes, incluso los miembros de la oposición, los llamados escuálidos, lo refutan también se está corriendo un gran riesgo y también se malinterpreta a Bolívar porque se hace por razones políticas y no se hace dentro del discurso histórico que es donde se debe analizar a Bolívar porque este es hoy solamente un personaje de la historia, no del presente. Nada mas ni nada menos. Pero hay que tener cuidado, hay que oponer a lo dicho por Chávez una refutación pero que sea histórica, sino no tiene sentido y también se omite el verdadero sentido al interpretar al Caraqueño. Y grave es también, otro error, mirar a Chávez a través del tamiz de Bolívar porque ello también es una equivocación. A Bolívar hay que verlo en su lugar y en su tiempo, en el que fue su hodie et nunc, su aquí y ahora, en su tiempo, su circunstancia, que fue en la única en la cual él estuvo, vivió y actuó.
Y esos momentos que parecían de decadencia, según el término que usó José Rafael Pocaterra(1889-1955) para definir una dictadura y una época, el “finis patriae” de Díaz Rodríguez en la línea final de Idolos rotos(1899), del fin de Venezuela, fueron estos: los días de la llamada “Guerra Larga” durante la cual los ejércitos federales entraban en las ciudades, esto sucedió especialmente en los pueblos del llano, y lo primero que hacían era quemar las bibliotecas y los papeles de los archivos públicos dejando constancia que lo hacían porque con ellos comenzaba la historia. ¡Con aquellas montoneras bárbaras e incultas ello era imposible, con ellos no podía comenzar nada¡. Pero ello no fue así. El país se alzó emocional y espiritualmente para rehacer el itinerario de cada pueblo. Y los papeles de Barinas, por ejemplo, fueron sacados por la cordillera, atravesaron el páramo y fueron a dar a Mérida donde Tulio Febres Cordero(1860-1938) los custodió. Aun hoy para redactar la historia de Barinas hay que ir a Mérida a estudiar esos infolios sobre la historia barinesa en la biblioteca de don Tulio que está ahora en el parque “La Isla”.
Pero hubo al menos otros dos momentos de disolución. El primero, a nuestro entender, fue ese período terrible, sucedido en los siete años que fueron del fin de la Guerra Federal hasta que en 1870 el general Antonio Guzmán Blanco tomó Caracas “a sangre y fuego” e impuso a rajatabla la paz guzmancista. Allí volvió a reintegrarse el país. Y ello hasta 1892 cuando las apetencias de un pequeño personaje, el presidente Raimundo Andueza Palacio(1846-1900), por tratar de permanecer en el poder rompió la paz y se prendió la guerra. Y volvió la disolución al menos hasta 1903, cuando el mayor de nuestros caudillos le cortó la cabeza a los guerreristas en la batalla de Ciudad Bolívar, acabaron allí las guerras civil, “la guerra de los cien años” que dice Manuel Caballero(Ni Dios…,p.93). Desde entonces ha habido paz en Venezuela.¡Hay de aquel que ose romperla¡. Para nuestra desgracia existe, todos sabemos como se llama y las palabras que propala cada domingo.
Pero en ningún momento desapareció Venezuela ni va a desaparecer como lo pronosticó equivocadamente Fausto Masó hace algún tiempo, de allí nuestra respuesta a su erróneo planteamiento(El final del país, El mundo, Caracas: enero 4,2005). Sin embargo ahora ha vuelto a insistir en su error:”Venezuela es un país sin tradiciones…Lo que existe hoy, desaparece mañana”(Susana Soto: Cuba y Venezuela, ed.2007,p.47). Pero, pese a esta prédica deprimida, “Siempre habrá Venezuela”, este país siempre renacerá, incluso de las más difíciles situaciones, como es la que vivimos desde 1992. Incluso desde 1983 cuando se inició la conspiración de los altos oficiales, cuando surgieron “Los notables militares” cuando se engendró la doble conspiración que se hizo presente desde el atardecer del 3 de febrero de 1992 y en la madrugada siguiente: la doble insurrección de los generales y de los tenientes coroneles que fue la que a la larga si bien fue vencida por las tropas fieles al sistema democrático llegó al poder en las elecciones de 1998 con su gran conspirador al frente. Todo eso ahora lo sabemos, está bien documentado.
Pero si se dejara de tener esperanza debemos volver a los antídotos que tenemos: a las lecciones afirmativas de nuestra historia, a las vidas de los grandes venezolanos y venezolanas que cada día nos ofrecen nuevas esperanzas y razones para resistir, a la memoria de lo que nos dice el testamento ético del Libertador, a escuchar a los verdaderos maestros que nos hablan de nuestro devenir. Y por último, y es decisivo, siempre volver a las páginas de nuestra literatura en donde estamos siempre vivos los venezolanos, allí está la gran lección de lo que hemos sido, de lo que debemos corregir, de lo que seremos en el futuro. Para revivir nos bastará, según la feliz expresión de Manuel Alfredo Rodríguez(1929-2002), en su evocación de Lazo Martí y su Silva Criolla(1901) en plena llanura, leer nuestros libros y oler sus páginas para que el sentimiento de lo venezolano nos salve. Y la literatura es siempre salvadora. Y todo, como dijo el argentino Jorge Luis Borges(1899-1986), es literatura, el resto es silencio. Peroró aquella mañana Manuel Alfredo Rodríguez estas palabras cenitales en su vivir y en su escribir:”Si alguna vez este país no existiera; si algún cataclismo se abatiera sobre él; si potencias extranjeras se confabularan contra nuestra independencia y nuestra soberanía y arrasaran con Venezuela, bastaría con agarrar la Silva criolla, colocársela junto al pecho, y su calor y su pasión harían que la patria volviera a nacer de nuevo”(Discurso en el Concejo Municipal de Calabozo. Calabozo: La Municipalidad, 1971,p.15).
Por ello, ruega Gisela Kozak, “Esperemos que el republicanismo y la democracia nos acompañen” (p.91). Que así sea.

Abril 16,2008

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Roberto Lovera De Sola escribe sobre Gisela Kosak y su libro “Venezuela el país que siempre nace”. Parte V

Agosto 25, 2008 por Josefina

Debe tenerse en cuenta que la literatura de da cuenta de período se inicia con el cuento de Héctor Mujica(1927-2002): La O cruzada de tiza blanca(1962), texto bello y fresco; le siguieron en 1964 Los fugitivos de Luis Britto García(1940) y Entre las breñas de Argenis Rodríguez(1935-2000), ambos libros de cuentos. El primero, especialmente el cuento que bautizó el conjunto, es de emocionada alabanza para los insurgentes. El segundo lleno del dolor por el fracaso. De hecho Argenis Rodríguez fue el primero en mostrar este sesgo, el verdadero. Hay dentro de estas obras que anotar también los Relatos del camino largo(1969) de Eduardo Gasca(1939) en los cuales toda la aventura que significa una revolución está contada en las tres instancias de cada uno de sus cuentos; País portátil de Adriano González León; El desolvido(1971) de Victoria de Stefano(firmó en su primera edición como Victoria Duno), las Historias de la calle Lincoln de Carlos Noguera, la novela La Memoria de los inconfesables (1972) de Carlos González Vegas(1940), Tiempos difíciles(1973) de Octavio Beaumont es un prodigioso libro de relatos breves, algunos brevísimos, no sabemos por qué siempre soslayado y los Rituales(1973) de Eduardo Sifontes(1949-1974),”el Poética”, verdaderos cantos elegíacos en prosa. Nunca lo conocimos pero agonizando en un hospital de Barcelona, mientras se lo devoraba el cáncer, el dramaturgo Edilio Peña le llevó la reseña que habíamos escrito sobre Rituales y dijo “este escritor si entendió lo que yo quería decir”, no puede desear mayor elogio un crítico. Seguiríamos con Los topos(1975) de Eduardo Liendo y la imperfecta Bracamonte(1977) de Julio Jáuregui. Y además habría que añadir en el estudio futuro y posible que bosquejamos todas aquellas novelas en cuyo desarrollo aparece la insurgencia guerrillera como es el caso, es sólo un ejemplo, de Largo(1968) de José Balza. Estas son obras valor literario permanente. Y habría que hacer el inventario de los cuentos, entre los cuales hay uno notable de Antonia Palacios(1902-2001): “El día largo ya seguro”, que da título a su libro así llamado(1975), que trata estos asuntos como también lo hizo Julio Jáuregui en “La chaqueta de oso”(de su Final de otro sombrío,1973). Por cierto estos dos cuentos tienen profundos parecidos y paralelismos. No constituyen ni un plagio ni una imitación si que nos ofrecen un hecho mucho más seductor como literatura: el relato de unas vivencias personales en el de Jáuregui y hechos de esos mismos años relatados por su protagonistas a que persona tan cercana a la izquierda insurgente como lo fue Antonia Palacios quien los consignó en el suyo. Al concebirlos en cada uno de dio cita una circunstancia distinta: lo personalmente experimentado en el caso de Jáuregui, lo escuchado a quienes lo protagonizaron, caso del de Antonia Palacios. A ellos se unirían más adelante otros relatos certeros como ”Altagracia y otras cosas” de Carlos Noguera(verlo en Narradores de El Nacional, ed. 1992,p.289-297), con el cual obtuvo el premio del Concurso de Cuentos de “El Nacional”(1969), que es consagratorio entre nosotros y “Las manos del Chema” de Orlando Araujo, inserto en sus 7 cuentos. A la violencia que nos sacudió en los sesenta se refieren también los afamados cuentistas que escribieron los suyos para el volumen colectivo Ficción 67(1967).
En el teatro es insoslayable la pieza Prueba de fuego(1981) de Ugo Ulive. Cuando se escenificaba vimos la tarde de un domingo, ante la sala “Juana Sujo” de “El Nuevo Grupo”, donde se puso esta obra(actuada por José Ignacio Cabrujas y Omar Gonzalo), al jefe guerrillero Douglas Bravo haciendo la cola para entrar al teatro. Lo que se nos mostró en Prueba de fuego fue el adiós, gracias a mirada incisiva de Ulive, a la guerrilla ya ida. Y ya imposible de revivir.
Y aunque no tenga que ver con el proceso de los años que tratamos, de hecho sucede en 1935 durante la visita de Carlos Gardel a Caracas, es imposible no observar aquí que en El día que me quieras(1979), la celebérrima pieza de José Ignacio Cabrujas(1937-1995), se nos muestra la forma como siempre los comunistas venezolanos estuvieron alejados de nuestra realidad, como sólo soñaban en los países socialistas y no en el hoy y ahora nuestro. Tanto que el líder Gustavo Machado(1898-1983), uno de los primeros comunistas venezolanos, confesó a Cabrujas, tras ver la representación, que su pieza era certera porque “así éramos nosotros”. En cambio Miguel Otero Silva(1908-1985) se molestó profundamente con lo que vio en El día…y dijo que aquello era una diatriba contra el Partido Comunista. Y dentro de El día… Pío Miranda, su protagonista, cuyo nombre es la mezcla del nombre y del apellido de dos de nuestros grandes utopistas: Pío Tamayo(1898-1935) y Francisco de Miranda(1750-1816). José Pío Tamayo, su verdadero nombre, fue sin duda el introductor en Venezuela de las ideas marxistas en el siglo XX. Fue sacrificado en las cárceles del gomecismo de las cuales sólo pudo salir, ya muy enfermo, extinguiéndose, para ir a morir a su casa tocuyana. Antes de volver a su tierra en los años veinte Pío Tamayo había sido uno de los líderes de una huelga muy famosa en Panamá, movimiento que dejó consignado en su novela La galera de Tiberio(1938) nuestro Enrique Bernardo Núñez(1895-1964) quien fue testigo de la misma por ser entonces diplomático venezolano en aquel país. También en La galera…hay reminiscencias a la gran matanza en la zona bananera colombiana que es episodio fundamental de Cien años de soledad. De ser posible recomendamos siempre leer La galera…a través de la edición de 1938, de esta, aunque fue destruida por su autor a poco de ser impresa porque su sentido autocrítico era muy intenso, tenemos ahora su edición hecha gracias a la iniciativa de Domingo Miliani(1934-2002) en el volumen Cuabagua/La galera de Tiberio(1978) por lo cual no sólo podemos conocerla en su primera, prístina y mejor versión sino compararla a través de una cuidadosa relectura con la impresa en Caracas en 1967 siguiendo las correcciones que hizo Núñez en su ejemplar de la primera edición. La versión original, de 1938, es mejor que la publicada en Caracas, en 1967, con toda devoción, por varios amigos suyos, el paleógrafo Guillermo Arguello, el poeta Carlos Augusto León(1914-1997) y el crítico Augusto Germán Orihuela(1920), quien además la prologó en bella página.
Al estudiar el complejo proceso literario de la insurgencia de la izquierda contra la democracia hay que registrar aquellas obras que nos permiten mirar lo que comprendimos por el propio testimonio de muchos de ellos, cosa que repetimos dada su importancia: la elite política que empujó a los jóvenes a unirse a la guerrilla y nunca los respaldaron con el testimonio de su propia acción, los dejaron solos primero, los abandonaron después. Y la triste historia de los fusilamientos en Falcón dentro de la propia guerrilla fue recordada en casi todos sus puntos por Clara Posani en Los farsantes. Y también por Luigi Vasalice en su Guerrilla y política. Esas muertes sin sentido de los propios guerrilleros dio una carnadura notable a la defensa de la vida que está en No es tiempo para rosas rojas(1975) de Antonieta Madrid, una de las grandes novelas venezolanas sobre ese turbulento proceso, también libro impar de nuestra ficción.
La muerte de verdaderos revolucionarios ajusticiados por sus propios compañeros también fue el destino latinoamericano de la misma época. Sucedió también al gran poeta y revolucionario salvadoreño Roque Dalton(1935-1975), una historia triste. Para comprender la personalidad de Dalton no deben dejarse de leer las memorias de la periodista mexicana Alma Guillermoprieto(1949): La Habana en un espejo(2005), amiga cercana de Dalton en sus días habaneros en los años sesenta. Y las múltiples tragedias vividas por los guerrilleros latinoamericanos de los sesenta tienen en Ernesto Guevara(1928-1967) su mejor paradigma, de hecho fue entregado a las autoridades bolivianas gracias a las desventuradas incursiones, casi turísticas, por aquellos lares de un intelectual francés llamado Regis Debray, a quien le fue fácil seguir al ejército boliviano hasta dar con Guevara y ajusticiarlo. Y muchos de los ires y venires de otros guerrilleros latinoamericanos de esa misma época están bien novelados por Mario Vargas Llosa en Las travesuras de la niña mala(2006). Todo esto nos permite observar que no fue sólo a los guerrilleros venezolanos a quienes acompañaron las tragedias que vivieron.
Sobre el libro de Luigi Valsallice Guerrilla y política, curso de su acción en Venezuela 1962/69.(Buenos Aires: Editorial Pleamar, 1975. 213 p.) que antes hemos registrado hay que decir algo porque se trata del único libro histórico sobre este período, hecho con una verdadera base documental. Es obra útil y bien hecha, se sabe que tras el seudónimo de su autor se esconde un destacado funcionario italiano de los organismos internacionales quien fue quien hizo la investigación que lo sostiene y luego lo escribió con toda certeza. Tal fue la importancia que se concedió a este libro que el ex presidente venezolano don Rómulo Betancourt logró que el editor José Agustín Catalá hiciera una edición venezolana bajo el mote de La guerrilla castrista en Venezuela.
Al libro de Valsallice nosotros añadiríamos ahora también dos ensayos comprensivos de aquellos sucesos: el de Héctor Mujica: “Aquellos duros, duros años, 20 años después” (Contra a nuestro parecer,ed.1984,p.117-127) el cual hay saber leer en sus significativas entre líneas. El otro es el de Manuel Caballero:”La lucha armada en Latinoamérica: una falsa frontera entre la reforma y la revolución”(Ni Dios Ni Federación,ed.2007,p.258-274). El libro documental, con papeles de la izquierda marxista insurgente, compilado por Luis Vera Gómez: La subversión armada 1964-1967 en sus documentos(2006), obra de notable importancia al que hay que añadir en su sentido casi total de comprensión del fenómeno de la violencia en el siglo XX venezolano al volumen por varios autores, editado bajo la dirección de Roberto Briceño León y Juan Manuel Mayorca: Fin de la violencia: tema del siglo XXI.(Caracas: Fundación Francisco Herrera Luque, 2004.270 p.) cuyo título y subtítulo nos indican una grande añoranza.
Y hay al menos todavía dos acotaciones finales: terminada la guerrilla, comprendida la gran tragedia que supuso esta experiencia la cual miraron hondamente sólo espíritus finos, intuitivos algunos de ellos, mujeres en este caso, peregrinaron a su interior en busca de la respuesta porque comprendieron que una revolución no puede ser realizada sino parte de adentro de las personas, que esta debe ir no como se cree de afuera a adentro sino al revés. De allí la profunda peregrinación de estas dos mujeres hacia su interior. No en vano son ellas las autoras, junto con Antonieta Madrid, otra reflexiva mujer, de los mejores libros, a los que hay que añadir ahora los de Ana Teresa Torres y Milagros Mata Gil que examina Gisela Kozak, escritos sobre aquellas vividuras. Constituyen estos que deseamos nombrar aquí una incursión dentro de sí mismas, un nuevo observar a todo aquello. Nos referimos a La casa está llena de secretos(1980) y Ulises(1984) de Clarita Posani y Existe la vida(1989) de Angela Zago. Es por lo anotado que siempre subrayamos la importancia que tiene entre nosotros, sobre todo desde la década de los setenta, los libros publicados por nuestras mujeres escritoras. Y esto es importante porque tras de ella quedaba lo escrito por las mujeres desde Teresa de la Parra formado por libros, muy buenos algunos, otros de grande hondura testimonial, que marcaron el camino de las mujeres en la sociedad venezolana, pero obras aisladas, no formando parte de un movimiento. Siempre dentro de ese período que se inicia en 1937 hay que nombrar Tierra talada de Ada Pérez Guevara, Guataro(1938) de Trina Larralde, Tres palabras y una mujer(1944) de Lucila Palacios, Ana Isabel, una niña decente(1949) de Antonia Palacios, Anastasia(1955) de Lina Giménez y Gloria Stolk cuando logró superar el melodrama de Amargo el fondo(1957), a ella por cierto le gustó esta observación nuestra(El Nacional:febrero 2,1976) y la aprobó plenamente. Por ello en su etapa creadora final se dejó llevar de lo más hondo de si en la novela La casa del viento(1965) y en sus Cuentos de Caribe(1975), quizá su pálpito más lúcido.
En cambio la madurez, la coherencia, la gran imaginación y la bella escritura no se hizo presente en nuestra narrativa mujeril en la década del sesenta en la cual no hay ningún libro de mujer de honda trascendencia fuera de Crónica de las horas(1964) de Antonia Palacios. Sin embargo, esos años nos dieron a nuestra primer ensayista mujer quien es a la vez notable dramaturga(Teatro,2004), y ahora narradora (Homenaje a la estrella,2002; De muerte lenta,2006), para quien el país y sus mil sortilegios y angustias siempre ha estado presente: Elisa Lerner. En cambio la gran cosecha iniciada en la literatura escrita por mujeres desde los años setenta tiene una honda trascendencia que consideramos algún día remarcara con coherencia nuestra historia literaria.
Y como segundo hecho hay que decir hoy que los hijos de los guerrilleros han comenzado a decir sus propias palabras: tal Ricardo Azuaje en Juana la roja y Octavio el sabrio(1991), el cual rechazado por la editorial del estado se editó en Fundarte bajo nuestro cuidado, el texto de su contratapa es redacción nuestra, o en largos pasajes de Azul petróleo(1998) de Boris Izaguirre(1965): es la experiencia de los hijos e hijas que los padres abandonaron para irse tras su quimera. Jóvenes de los dos sexos que crecieron solos, mientras los padres, hombres y mujeres, fracasaban.

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Agosto 25, 2008 por Josefina

GUERRILLA, LITERATURA E HISTORIA

La lectura del volumen de Gisela Kozak nos obliga a hacer una serie de consideraciones, que son complementarias de las expuestas por ella sobre el desarrollo de la etapa guerrillera dentro de experiencia venezolana después de 1958. Nos detenemos especialmente en los libros que dan cuenta de ese proceso en donde los lideres sacrificaron abiertamente las vidas de una generación más joven que ellos, llena de ideales, inocente, verdadera. Los hicieron subir a las montañas y luego los abandonaron, los dejaron solos. Ingresaron estos políticos después muy tranquilos, como si las vidas de aquellos muchachos y muchachas no les importaran, a la política desde la “pacificación”(1969) del presidente Caldera, se hicieron así presentes en al arena pública y para nada se detuvieron a considerar lo erróneo que habían hecho y el mal que habían causado a la generación más joven. Fueron tan inclementes que incluso se molestaron con los testimonios que los exguerrilleros justicieros escribieron sobre sus experiencias.”Hasta cuando nos van a pasar factura” dijo uno de estos dirigentes cuando se publicó el libro Los farsantes(1976) de Clara Posani. Y eso que la historia de los fusilamientos en Falcón, dentro de las propias tropas guerrilleras, era bien conocido y respaldado por documentación incontrovertible. Y esos mismos seres, líderes llamémosles, antes habían reaccionado pésimamente, inhumanamente, ante el significado más hondo de Aquí no ha pasado nada(1972) de Angela Zago. Tanto que hicieron entonces escribir a Rafael Elino Martínez el panfleto Aquí todo el mundo está alzado(Caracas: El Ojo del Camello,1973). Aquí todo el mundo está alzado está lleno de medias verdades y de falsas interpretaciones de los sucesos que incluso gente de la propia gente de izquierda controvertió. Recordamos vivamente la conversación que sostuvimos con el líder sindical Hemmy Croes(nos encontrábamos en ese momento corrigiendo con él su libro El movimiento obrero venezolano,1973), un auténtico comunista, hombre de ideales, sobre ciertos pasajes de Aquí todo el mundo está alzado, falaces según él, en los que aparecía él en esta obra que pronto todo el mundo olvidó. Aquí todo el mundo está alzado fue una evidente respuesta al hondo testimonio, lleno de verdad y sinceridad, y profundamente femenino, de Angela Zago.
Y sobre lo que decimos del abandono de los jóvenes guerrilleros en las montañas no podemos dejar de consignar un testimonio autobiográfico: cuando llegamos a la Escuela de Letras de la UCV en el mes de octubre de 1968 nos encontramos que entre nuestros compañeros estaban varios exguerrilleros: todos laceradamente heridos en lo más íntimo de sí, en su salud, en su espíritu, en sus ideales que no sabían hacia donde encaminar, en ese momento surgía la ultraizquierda empapada ya de delincuencia. Fue una experiencia muy tormentosa escucharlos: todos habían sido dejados de lado por los que los empujaron al combate y no fueron solidarios con ellos. Incluso hubo, hoy en día un alto poeta, Reynaldo Pérez So, que un día se despertó en su campamento y se dio cuenta que todos habían huido, que estaba solo. Durante semanas, casi sin conocer el medio, deambuló, no podía salir a la carretera porque llevaba puesto el uniforme verde oliva y de ser visto por las autoridades hubiera sido detenido. Prosiguió su andar hasta que un día frente al rancho de unos campesinos el dueño de aquel hogar lo comprendió todo: le dio de comer, le dijo donde estaba el río para que se bañara y le regaló ropa normal para que dejara el uniforme, que fue quemado, y pudiera seguir camino. Y esta historia fue la de uno y la de muchos de esta generación que era la misma nuestra, aunque nosotros no éramos un insurgente, de allí lo fácil que fue entablar el enriquecedor diálogo que nos unió. Y ya en ese momento, aunque esa es otra historia, empujaba entre nosotros el brote creador de lo que meses más tarde sería la “Renovación”(mayo 12,1969): un gran movimiento de cambio en los estudios literarios. Pero esa es otra historia.
Para la comprensión histórica y vivencial del proceso de la lucha armada en Venezuela en los años sesenta hay que tener en cuenta siempre que fue, repetimos, una experiencia dolorosa para los que participaron en ella. Como momento frustrado debe ser visto en nuestra historia contemporánea, como pérdida de toda utopía como sostiene Gisela Kozak en su libro.
Sobre los años de la llamada lucha armada, después degeneró en simple delincuencia encabezada por la ultra izquierda siempre anarquizada(fíjese que no decimos anarquista porque ello es otra cosa: “doctrina que propugna la absoluta libertad de la persona, la abolición del Estado y de la propiedad”, Diccionario enciclopédico Salvat,ed.1985,t.II,p.188). A poco de la derrota comenzaron a abundar una serie de manifestaciones escritas sobre la guerrilla, relatos casi siempre de sus propios protagonistas, estos en sus inicios tuvieron pésimos resultados porque fueron redactados por personas que no eran creadores y por lo tanto esas obras no tuvieron valor literario alguno, por ello fueron dejadas de lado por los lectores y estudiosos de nuestra literatura. Un buen ejemplo de ello lo es la fallida novela de Luis Correa: FALN, brigada uno(Caracas: Fuentes,1973. 233 p.) la cual es tan mala que incluso no fue considerada una obra de ficción y por lo tanto no la registró el acucioso profesor Osvaldo Larrazabal Henríquez en su Bibliografía integral de la novela venezolana(1996).
Con estos libros se cumplió aquel decir del historiador Germán Carrera Damas(1930) que cuando un activista deja de actuar generalmente escribe un libro para relatar la experiencia vivida o redacta un libro de historia. En el caso de la literatura de la guerrilla muchas de estas obras inconclusas, redactadas por pre-escritores, fueron leídas y luego desdeñadas como siempre sucede con los libros sin valor.
Por ello, y eso lo vemos en los libros que la Kozak analiza: debió pasar mucho tiempo para que surgieran obras literarias que registraran aquello pero que tuvieron valores creadores auténticos, fueran primero que nada literariamente válidas. En general son las que ella analiza.
Sin embargo, pese a lo magníficas que son las cinco novelas que ella examina, sobre todo Los últimos espectadores…que es libro mayor en su asunto y obra privilegiada dentro de la novela venezolana. Pese a ello creemos que todavía pasará mucho tiempo para que tengamos el libro decisivo, pleno, sobre esa situación. Y tendrá que pasar mucho tiempo para que aquello ocurra, tanto como el que debió transcurrir en Colombia entre la violencia de la guerras civiles de fines del siglo XIX como la “Guerra de los mil días”(1899-1902) y su verdadera y única expresión literaria propia, su elegía, que sólo está precisamente, nada menos y nada más, que en Cien años de soledad(1967) de Gabriel García Márquez. Este escritor nació quince años después de terminada aquella sangrienta contienda, creció escuchando a sus mayores hacer memoria de ella y sólo logró escribir su gran libro, en donde está quedo plenamente novelada, sino sesenta y cinco años más tarde aunque algunos de sus rasgos aparecen desde sus primeros libros como La hojarasca(1955), en El coronel no tiene quien le escriba(1958) y en pasajes de algunos de sus cuentos de Los funerales de la mamá grande(1962). Eso también sucedió en los Estados Unidos con la Guerra Civil(1861-1865). Fue mucho tiempo después cuando un descendiente de sus protagonistas pudo escribir el réquiem final de aquella contienda y describir la decadencia del “depp south” americano. Nos referimos a William Faulkner(1897-1962), quien nació treinta y dos años después del final de aquella contienda y quien sólo comenzó a publicar treinta y nueve años después de aquellos combates cuando las memorias familiares se posesionaron de él y estuvo a suficiente distancia para poder comprender aquella tragedia y sus consecuencias. Faulkner es además uno de los cuatro grandes creadores del siglo XX, a quien hay que poner al lado de Proust, Joyce y Kafka. Y quizá al lado de Thomas Mann(por La montaña mágica,1924 y La muerte en Venecia, 1913). Eso mismo que describimos sucederá entre nosotros con la necesaria recreación literaria plena de la guerrilla de los sesenta. Tendrá que pasar todo el tiempo necesario para que nuestros escritores puedan comprender, más allá de los contemporáneos de aquellos hechos, los sucederes de aquellos días trágicos en los cuales se aspiró a una quimera y se lanzó a toda una generación juvenil a una lucha sin sentido y lo que es pero sin que los que tuvieron la idea de hacerla hallan estado presentes ya que siempre estuvieron seguros en sus “cochas” de las ciudades. Fueron pocos los que subieron a las montañas, quizá sólo Argimiro Gabaldón Márquez(1919-1964) jefe de la guerrilla en la que actuó Ángela Zago, y seguramente lo hizo por creer en ello y porque era un hombre cabal, íntegro, un gran señor, un hombre decente, como la misma Ángela Zago nos ha contado más de una vez. Allí mismo, en el propio campo guerrillero en un lugar del estado Lara, perdió la vida al escapársele un tiro a uno de los guerrilleros de su grupo, Jesús Vethencourt, llamado el comandante Zamora, el 13 de diciembre de 1964. El relato del suceso que trae Angela Zago en Aquí no ha pasado nada, quien no fue testigo del hecho, confirma esto(ed.1972,p.115-116,117-119,122-123) al igual que Antonio García Ponce en la entrada correspondiente del Diccionario de Historia de Venezuela(ed.1967,t.II,p.421).

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Roberto Lovera De Sola escribe sobre Gisela Kosak y su libro “Venezuela el país que siempre nace”.Parte III

Agosto 25, 2008 por Josefina

LA IZQUIERDA VENEZOLANA

Nuestra izquierda siempre quiso tomar el poder en Venezuela. Lo intentó en 1936. Caído Marcos Pérez Jiménez(1914-2001) volvió a su deseo, sobre todo gracias al empuje recibido de la Revolución Cubana(enero 1,1959) de Fidel Castro al tomar el poder e imponer poco tiempo después un modelo marxista de gobierno a través de las dos “Declaraciones de La Habana”(Primera: mayo 2,1960;Segunda: febrero 4, 1962) como muy bien lo estudió Tad Szulc(Fidel: un retrato crítico, ed. 1987, p.590 y 655). En su libro Szulc, gran biógrafo internacional(lo es también de Juan Pablo II en notable obra), si bien su análisis es imparcial no pudo esconder la fascinación que sintió por la personalidad de Fidel Castro. Comprendió muy bien este escritor nuestro ámbito y nuestras peculiaridades, nuestra sensibilidad, al deslizar esta consideración:”la lógica nunca ha sido un elemento predominante en el Caribe”(p.567) así es.
Al iniciar el proceso democrático cometió la izquierda venezolana de entonces tres errores: en aquel momento de los sesenta en que comenzó su insurgencia se había reiniciando la democracia deseada por la mayoría tras la caída de la dictadura(enero 23,1958), de allí la oposición generalizada al PCV y MIR, recuérdense lo sucedido en las elecciones de 1963 cuando la guerrilla llamó a la abstención y la gente votó para elegir a Raúl Leoni(1905-1972). Segundo: el hecho de haber creado una guerrilla rural en un país urbanizado lo cual los dejó sin eco alguno, les engendró más bien la animadversión de los campesinos. Y tercero: la corrupción de sus ideales cuando la guerrilla degeneró en delincuencia, cosa que vio el ojo avizor de un narrador, hombre de izquierda, el escritor Carlos Noguera en su cuento “Altagracia y otras cosas”(El Nacional: agosto 3,1969) que luego fue desarrollado, recreado e inserto dentro de su celebrada novela Historias de la calle Lincoln(1971), que toca también aquella insurgencia.
Para la izquierda, y Gisela Kozak lo explora, los sesenta han sido la historia de una experiencia frustrada y dolorosa. De allí que entre ellos, sobre todo los que no han podido avanzar al unísono con los tiempos, con los grandes cambios políticos de nuestro tiempo, sobre todo desde 1968(Revolución de Mayo en Paris, democratización del socialismo checo e invasión de la URSS a ese país para poner fin al intento de crear un socialismo tolerante, de darle un rostro humano), los que no pudieron ver y comprender la caída del socialismo autoritario(1989) y sueñan ahora, bajo Chávez, con el anacronismo de una revolución imposible y con la creación, doctrina que no existe, del Socialismo del siglo XXI. Casi todos estos izquierdistas, hombres y mujeres piensan en ello, menos los verdaderos honestos revolucionarios, quienes comprendieron la realidad y sus sucesos, recluidos ahora en el silencio de sus hogares, en sus estudios y bibliotecas. O escribiendo libros tan comprensivos como aquel hace varios meses redactaron Freddy Muñoz y Américo Martí(Socialismo del siglo XXI:¿huida en el laberinto?.Caracas: Alfa, 2007. 223 p.). Para la izquierda en general los sesenta se convirtieron en una añoranza constante, en la melancolía por la utopía perdida. Y fue ello, además de la pasión de la izquierda por el militarismo, los que los llevó a apoyar a Chávez sin darse cuenta que este es un fascista doctrinario. Y no lo afirmamos por utilizar una palabra que puede tener un sentido panfletario dicho en medio del combate político. Lo decimos porque ello es así. Las ideas de Chávez, aunque él no lo sepa, porque su formación intelectual es muy escasa, vienen del fascismo(1915) Benito Mussolini e incluso de la “Acción Francesa”(1907), del nazismo, del totalitarismo staliniano que pasó a la Cuba fidelista y de allí llegó hasta Chávez y los suyos. Y es por ello que la izquierda marxista no debió apoyarlo nunca y no caer en el espejismo de creer que seguían a un dirigente de la izquierda marxista cosa que Chávez no es. No es este el lugar para estudiar este crucial y espinoso asunto, pero lo exponemos no por nuestra oposición al régimen en el poder en Venezuela sino como un análisis de la teoría política que lo sostiene en sus grandes libros. Y es tanto que cuando Chávez y sus paniaguados, como el hombre del programa “La hojilla”, Mario Silva, llaman a la oposición venezolana “fascista” no se dan cuenta que los fascistas son ellos mismos, todos los seguidores de Chávez.
Y es del fascismo desde donde Chávez se ha puesto a derruir los fundamentos de la democracia venezolana disolviendo sus grandes instituciones y convirtiéndolas en simples oficinas del Poder Ejecutivo desde el cual les imparten las órdenes de lo que deben hacer, incluso cómo deben ser las sentencias de los jueces, las persecuciones políticas que se organizan desde la “Fiscalía General de la República”, la tolerancia con todas las formas de corrupción administrativa que avala la “Contraloría General de la República” o ese antro inmoral que es la llamada “Defensoría del Pueblo”. Y el pútrido Consejo Nacional Electoral en donde se han organizado todos los fraudes que han permitido a Chávez gobernar nueve años seguidos hasta el momento. Esto fue así hasta las elecciones del 2 de diciembre de 2007 en la cual el país votó en contra de la Reforma Constitucional Comunista propuesta por Chávez. Los resultados fueron respetados por la presión que ejerció sobre Chávez, que no pensaba respetarlos, el Alto Mando Militar y varios miembros íntegros del CNE, siempre entre la hojarasca aparece alguna flor, porque su presidenta Tibisay Lucena, otra de las meninas del comandante, trató a no respetar el resultado. Tanta ha sido la disolución que en el caso del gobierno de Chávez estamos ante “una dictadura elegida”, electa con los votos de sus seguidores, sobre todo por todos aquellos que lo hicieron el 3 de diciembre de 2006, como lo ha explicado el sociólogo chileno Fernando Mires(Al borde del abismo,ed.2007,p.125 y 177), cosa esta nunca sucedida dentro de las autocracias latinoamericanas. Y esto pensando incluso en su excepción: la dictadura del Libertador(1828-1830) régimen de emergencia, para el cual marcó el propio Simón Bolívar(1783-1830), desde el día de su inicio, cuando sería su fecha final, hasta donde aquel gobierno duraría: hasta la instalación del llamado Congreso Admirable a principios del año treinta. Y lo cumplió.
Los grandes libros que narran los avatares de la lucha armada, aquella experiencia lacinante y fallida, son mirados, hondamente, en ejemplares análisis literarios por Gisela Kozak en este libro. Explora agudamente El round del olvido de Eduardo Liendo, Los últimos espectadores de los acorazado Potemkin de Ana Teresa Torres, El diario íntimo de Francisca Malabar de Milagros Mata Gil y La flor escrita de Carlos Noguera. Por cierto que los personajes de Noguera en La flor… vienen de sus Juegos bajo la luna(1994) y han ido a dar a Los cristales de la noche(2005). El round… y Los últimos… lo examina Gisela Kozak en espléndidos, sagaces y largos estudios analíticos los cuales le dan al tomo que escrutamos un lugar de privilegio dentro de nuestra crítica literaria. Y tan es importante la producción relacionada con los años de la insurgencia de la izquierda entre nosotros(1961-1968) que se hace necesario tratar todo lo relativo de la letras de la lucha armada para una mejor comprensión del período.
Nosotros hemos seguido paso a paso tales obras, como crítico literario, con constancia, tanto que creemos haberlas leído todas, tanto los poemas, las novelas, los cuentos, las obras teatrales, los estudios crítico literarios, las autobiografías y los tomos de historia sobre este asunto crucial dentro de las vivencias de la vida venezolana desde los sesenta. Hechos que revivieron con la llegada de Chávez al poder por la presencia en su gobierno de todos los anacronismos ahistóricos y dinosauricos de nuestra izquierda, incluso de la hispanoamericana subrayada por la presencia del principal “idiota latinoamericano”, el ideólogo de Las venas abiertas de América Latina(1971), Eduardo Galeano. Y junto a él aparecen cada día en las estaciones televisivas chavistas, muy malas por cierto, sin contenidos que tengan sentido, todos los viejos derrotados de la izquierda continental, todos los que no ha sido capaces, pese a que fue uno de los puntos esenciales inculcados por el viejo gruñón Carlos Marx(1818-1883), de estudiar nuestra realidad continental y comprenderla en sus rasgos esenciales. Ellos lo que hacen es aplicarles antiojeras, mirar sólo lo que les interesa, poner siempre por delante los prejuicios que como dijo alguna vez Luis Beltrán Guerrero(1914-1997) quiere decir hacer “juicios previos”(Razón y sin razón,ed.1954,p.121).
Esta a la que nos asomaremos en sus grandes rasgos ahora sería la historia literaria de la violencia y las letras sobre ella.
Y dentro de la violencia, asunto que ha movido plenamente en este caso la pluma de Gisela Kozak, hay un libro decisivo de Orlando Araujo: Venezuela violenta.(Caracas: Hesperides,1968. 182 p.) al que hay que volver una y otra vez cuando se examinan estos asuntos. No nos explicamos por qué Venezuela violenta no ha vuelto a publicarse en estos años. Sólo nos ha quedado de ella su primera y única edición hecha gracias al buen ánimo de Raúl Bethencourt.
Y de la misma forma, y tiene que ver con todo esto, tampoco lo encontramos razón al hecho de que los libros de nuestro primer marxologo Ludovico Silva(1937-1988) no se hayan impreso de nuevo, ayudarían mucho a la comprensión de los debates que en esta desarticulada Venezuela chavista se llevan a cabo. Pero por desgracia los valores intelectuales, aunque parezca lo contrario, están muy lejos de la realidades del régimen de Hugo Chávez. Y es otra de sus lástimas, las más grave y peligrosa.
El otro libro donde podemos seguir la inmensa eclosión de la violencia en la tierra venezolana, en la Venezuela de los caudillos, descrita esta de forma descarnada, es la novela de José León Tapia(1928-2007) El tigre de Guaitó.(Caracas: Ediciones Centauro, 1979. 333 p.), sobre aquel caudillo gamonal de las montoneras del fines del siglo XIX que se llamó Rafael Montilla(1859-1907), llamado el “Tigre de Guaitó”, el lugar su refugio, su escondite y su querencia.
Pero no hay que perder de vista el presente. Por ello mira en su libro Gisela Kozak la llegada al poder con Hugo Chávez(febrero 2,1999) apoyado en la izquierda para realizar sus sueños: derribar todo lo útil creado en Venezuela en los últimos setenta años, desde la divulgación del “Programa de Febrero”(febrero 21,1936) del presidente Eleazar López Contreras, que fue una de las consecuencia de la gran manifestación del 14 de febrero de 1936 pidiendo libertades públicas, “Día de la democracia” fue este para Manuel Caballero(Revolución, reacción y falsificación, ed. 2002,p.198). Por ello la democracia y nuestro desarrollo contemporáneo no se inició ni el 23 de enero de 1958 ni el día de la firma del “Pacto de Punto Fijo”(octubre 31,1958) ese mismo año sino mucho más atrás, incluso, desde antes de 1936, desde el momento en que bajo el gomecismo se creó el Estado moderno entre nosotros. Y el proyecto de la democracia plena en Venezuela procede de mucho más atrás, del “Decreto de Garantías”(agosto 18,1863) del general Juan Crisóstomo Falcón(1820-1870), aun no había sido ascendido a Mariscal, eso fue el 26 de diciembre del mismo año en Coro, al concluir la Guerra Federal y llegar sus soldados al poder tras el “Convenio de Coche”(abril 24,1863). Conspirar contra el sistema de vida de los venezolanos ha sido la máxima actividad de Hugo Chávez, ese modo de vivir es la democracia. Chávez ha querido demoler la democracia, y lo ha tratado de hacer cada día, sin suerte aun porque las fuerzas democráticas se le oponen, el país democrático, como lo hemos llamado, está situado más allá de la política reside dentro de las almas, las conciencias y espíritus de los venezolanos, está en su inconsciente, por ello acabar con la democracia es imposible, no hay que olvidar que fue dentro de la democracia en donde, gracias a la tolerancia del sistema, vivió la izquierda desde la caída de Pérez Jiménez, fue respetada mientras no tomó las armas contra el orden creado al fin de la dictadura, una democracia que les permitió siempre a los izquierdistas, libertad para pensar, gracias a la autonomía universitaria, creada por un decreto(diciembre 18,1958) de aquel viejo y siempre querido profesor Edgar Sanabria(1911-1989) en la época en que fue presidente de la Junta de Gobierno(noviembre 13,1958-febrero 13,1959). Fue la autonomía universitaria la que permitió a los profesores de comunistas tratar incluso los temas prohibidos por aquella sociedad plural e inculcar sus ideas y empujar a sus alumnos a analizarlo todo desde el punto de vista del marxismo, todo ello gracias a la libertad de cátedra. Nunca inculcaron a sus educandos en las universidades otros modos de acercamiento a la realidad venezolana como sería el caso de examinar los asuntos a través del pensamiento democrático y liberal venezolano, por medio de los libros de Rómulo Betancourt(1908-1981) o Rafael Caldera(1916), los verdaderos creadores del sistema de la libertades como lo reconoció el historiador inglés Hugh Thomas en Una historia del mundo (ed.1982,p.587,nota). E incluso penetrar en la realidad venezolana a través de su rica historia de las ideas, por medio de sus grandes pensadores, aquellos que comenzaron a cavilar y hacer públicos sus pensamientos desde fines del siglo XVIII, a todo lo largo del siglo XIX y luego atar con el ideario más contemporánea, surgido por cierto de la izquierda con la generación de 1928 una de cuyas consecuencias fue la fundación del Partido Comunista de Venezuela en 1931 por Juan Bautista Fuenmayor(1905-1998). Ello fue posible precisamente gracias al fecundo vientre que fue donde engendró nuestra pródiga democracia. Y ello está vivido, sentido e inmerso en las almas de la mayoría de los venezolanos quienes hoy la siguen deseando porque es su sistema de vida, es por ello que hemos considerado siempre que el mayor pecado de Chávez es su tentativa de abolir el sistema de vida de los venezolanos que es la democracia.
Todo esto lo trata con sin par mirada Gisela Kozak, con ojos siempre críticos y siempre oponiéndose con certeza y sentido a lo que sucede en Venezuela desde 1999. Y, pese a todo, no hay que olvidar nunca que “siempre habrá Venezuela”, como lo dijo el editor Miguel Angel Capriles(1915-1996).

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Roberto Lovera escribe sobre el libro de Gisela Kozac “Venezuela , el país que siempre vive” Parte II

Agosto 25, 2008 por Josefina

A REBELDÍA DE LOS AÑOS SESENTA

Los sesenta son una época cenital en nuestra historia contemporánea porque al iniciarse apenas había comenzado también el régimen de la democracia representativa, sancionado no sólo por los votos de la mayoría de los venezolanos en las elecciones generales de 1958 (diciembre 7) sino también, previamente, por un certero acuerdo de unidad política entre los partidos, el “Pactoak, convirtió “a los años sesenta en un momento clave de nuestra modernidad urbana y en el recuerdo persistente transformado en literatura y hoy en impulso político: lanzarse a la lucha armada sin darle a la democracia venezolana la oportunidad de medirse a sí misma y dejándola en manos de sus factores probablemente más conservadores”(p.78).
“Cuando nos referimos a los años sesenta(en Venezuela) estamos hablando, además, de un momento estelar de la modernización urbana venezolana del siglo XX: crecimiento económico, oportunidades de ascenso y movilización social como en pocos de América Latina, entrada de oleadas de inmigrantes, masificación de la educación, comienzos de la era democrática en un país de tradición dictatorial, auge urbano”(p.78).
“Los cambios internacionales propios de esta época tienen indudable impacto en el país, desde la Revolución Cubana hasta el feminismo, los movimientos juveniles y la liberación sexual…no todo era color de rosa, pero tampoco color de hormiga”(p.78).
“La reacción de un sector muy importante de nuestros intelectuales ante la derrota militar, política e ideológica, a finales de los años sesenta, se tradujo en una duda radical del valor mismo de la actividad artística y literaria, duda potenciada por la definitiva consolidación del predominio de la esfera mediática en el país”(p.19).
Se necesita, como plantea la autora, a la vista de El round del olvido de Eduardo Liendo, que los años sesenta sean vistos por sus protagonistas con una mirada “entre crítica, afectuosa y sin amarguras”(p.39), hay que “saber, iluminar, entender”(p.44) esa época como deduce de su lectura de la novela de Liendo; y entender bien lo que ella misma llama “las vueltas de la historia”(p.39) seriamente incomprendidas por la izquierda venezolana y por el chavismo.
En Los últimos espectadores…se examina, a su entender, “el hilo que une al caudillismo decimonónico y la guerrilla comunista de los años sesenta del siglo XX con la vituperada democracia venezolana”(p.51). Eso es lo que explica la presencia de Chávez y el intento anacrónico de revivir lo ya pasado sin escuchar las lecciones de la historia mundial reciente. Ese intento erróneo, distorsionado, inexplicable, de volver a revivir el pasado, cosa imposible, nos ha resultado a nosotros, un humanista cristiano(y por lo tanto nunca ñángara, ni ateo) quien siempre siguió con pasión los avatares y los cambios del devenir de los años de su vivir, por un lado inexplicable y por otro un asunto de apasionante interés como tema de investigación, análisis y meditación. De allí la importancia que tiene esta anotación de Gisela Kozak a partir de su lectura de Los últimos espectadores…,y en especial de uno de sus pasajes en donde encontramos la autobiografía de un revolucionario,”quien encarna el particular devenir de la historia venezolana enmarcada en la utopía revolucionaria izquierdista, el desencanto político posterior a la caída del socialismo europeo oriental y el escepticismo ante la democracia que marcó a Venezuela hasta los años noventa del siglo pasado”(p.58), allí está “la decepción, la ironía, el desencanto ante los proyectos socialistas del siglo XX”(p.65).
Otra interrogante que hay que hacer es el por qué de la oposición de la izquierda al régimen democrático el cual a la larga se impuso hondamente por ser de hecho el modo de vida de los venezolanos al menos desde 1863, ratificado plenamente en 1936. La democracia fue tan pródiga que perdonó, acogió a los insurgentes y muchas de las profundas lecciones del vivir democrático fueron comprendidas incluso por algunos de ellos. No es casual que haya tanta gente de izquierda, marxistas militantes, incluso ex guerrilleros, entre los adversarios y antagonistas del actual gobierno, algunos hombres de izquierda han aprendido con el estudio constante de la realidad las lecciones que nos enseña el presente, han encontrado como superar las falacias del distorsionado pensamiento de izquierda que por mucho tiempo predominó, el cual fue erróneo y el cual además los sucesos dejaron atrás, muy atrás.
A nosotros nos ha ido enseñando cada día el estudio constante de los sucesos de cada momento, durante todos estos años, desde los grandes cambios iniciados en 1968, cuando rayábamos en nuestros veinte y dos años y ya la política nos interesaba tanto como el cultivo de la crítica literaria y el estudio de la historia. Por ello hemos sido un escritor politizado, sensibilizado para seguir y entender lo que acaece fuera y dentro de Venezuela, lo que nos dicen los hechos políticos y sociales y los que nos enseñan los libros de análisis sobre estos sucesos que periódicamente se han publicado. No hemos participado directamente en la política, sólo en la actividad cultural, porque a nuestra generación los activistas de nuestros grandes partidos no nos lo dejaron hacer y porque, esto es decisivo, hace mucho tiempo, comprendimos que los idealistas no tenemos cabida en la política de Venezuela.
Y continúa Gisela Kozak con esta observación “con una ironía a prueba de balas, Julio Miranda comentaba en el prólogo a El gesto de mostrar(p.40), refiriéndose a los escritores locales más jóvenes, que la literatura nacional no se había ‘pacificado’ pues continuaba apegada nostálgicamente a las aventuras guerrilleras de la década del sesenta, hoy sorprendente de moda en la Venezuela neosocialista del siglo XXI. Miranda hace de pasada una rápida, clarividente y mordaz observación genealógica: la narrativa de la violencia en Venezuela tiene su fecha formal de nacimiento en la belicosa patria nueva del siglo XIX con Venezuela heroica y Zárate, ambas de Eduardo Blanco… Se nos ofrece así una clave que contradice el cáustico título del artículo de no menos cáustico crítico Carlos Sandoval. Y es que ‘El cadáver insepulto del sesenta’ no era cadáver. La década del sesenta sufrió una suerte de catalepsia”(p.77). Por ello llega a comprender: “la nostalgia por los sesenta es un verdadero lastre en la literatura y,…en la vida venezolana”(p.81).
“¿Y estos sueños donde quedaron?…El Che volvió a Venezuela. En el caso venezolano la realidad salta a la vista: la revolución bolivariana neosocialista, comandada por el presidente Hugo Chávez, militar, de origen rural y (bis)nieto de Maisanta, uno de los tantos antecedentes reales del imaginario general Pardo de la novela de (Ana Teresa) Torres. Las simpatías del presidente y sus partidarios por el movimiento guerrillero de los sesenta y por los caudillos decimonónicos rurales al estilo Ezequiel Zamora(117-1860) y Cipriano Castro no son un secreto para nadie. No se equivocaba Orlando Araujo(1928-1987) al extender un hilo de continuidad entre todas las revoluciones frustradas de Venezuela, como no se equivocó Julio Miranda al relacionar la nada pacífica narrativa reciente con sus antecedentes del siglo XIX. No se ha equivocado tampoco…Manuel Caballero al afirmar en Las crisis de la Venezuela contemporánea(ed.2003,p.189-192)…que en Venezuela hay un ‘fondo de autoritarismo nostálgico’ que contagia por cierto a la izquierda nacional y que se traduce en el apoyo a las aventuras golpistas militares”(p.89), o, sigue Gisela Kozak, “Para decirlo literariamente, Andrés Barazarte, protagonista de País portátil(1969), de Adriano González León, triunfó y está en el gobierno actual, codo a codo con el general Pardo, personaje de la novela de (Ana Teresa) Torres, entre otras cosas para reinvindicar a su alzada parentela de liberales decimonónicos y héroes caudillistas rurales. Venezuela, o parte de ella, sigue siendo militarista, revolucionaria, bolivariana y…heroica, seducida todavía, en palabras de Tulio Hernández en ‘posesión e instrumentalidad del héroe criollo…Entre el revolucionario del año 2005, el revolucionario marxista de los sesenta, el montonero del siglo XIX hay un parentesco que se explica en la siempre renovada esperanza de que la violencia y la ruptura institucional sean la panacea para nuestros persistentes males nacionales”(p.89-90).

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Roberto Lovera De Sola escribe sobre Gisela Kosak y su libro “Venezuela el país que siempre nace”. Parte I

Agosto 25, 2008 por Josefina

TALLER CRITICO
de Punto Fijo”(octubre 31,1958) el cual dio a Venezuela cuarenta años de estabilidad política. Esto no lo comprendió la izquierda insurgente.
Esa década, dice Gisela KozVENEZUELA, EL PAIS QUE SIEMPRE NACE
por:R.J.LOVERA DE-SOLA

¡Qué suerte tiene una editorial cuando todos los libros que publica son interesantes y estimulantes¡. Esto nos ha sucedido plenamente con el importante libro de Gisela Kozak, situado a caballo entre la crítica literaria y la reflexión ensayística, Venezuela, el país que siempre nace.(Caracas: Alfa,2008. 109 p.). Es breve pero denso. Y su lectura obligatoria. Y de distinta índole, varios, los comentarios que se pueden tejer a partir de él.
Todo el grueso del examen que ella realiza en su obra está hecho a partir de la lectura certera de las novelas Los últimos espectadores del acorazado Potemkin(Caracas: Monte Avila Editores,1999. 309 p.) de Ana Teresa Torres, El round del olvido(Caracas: Monte Avila Editores,2002. 506 p.) de Eduardo Liendo, La flor escrita(Caracas: Monte Avila Editores,2003. 503 p.) de Carlos Noguera y El diario íntimo de Francisca Malabar(Caracas: Monte Avila Editores, 2002. 219 p.) de Milagros Mata Gil.
La violencia permanente en nuestra historia, el caudillismo su expresión, cosa que estudia la autora desde atrás pero en sus testimonios escritos. Dijo el crítico Julio Miranda(1945-1998), en el prólogo a su antología El gesto de mostrar.(Caracas: Monte Avila Editores,1998,p.40), a quien ella cita(p.77), que su recreación primera se encuentran en dos célebres libros de don Eduardo Blanco(1838-1912): Venezuela heroica(Caracas: Imprenta Sanz,1881. XII, 266 p.; 2ª.aum.Caracas: Imprenta Sanz, 1881, cubierta, XXII,599 p.) en el cual vemos todo el desatarse de la violencia durante la guerra emancipadora, tanta que llevó el historiador británico John Lynch a caracterizar la guerra de independencia en Venezuela como las más violenta de América Latina(Las revoluciones hispanoamericanas,ed.1976,p.213). Y también aludió nuestro inolvidable Julio Miranda en el segundo caso a la novela Zárate(Caracas: Imprenta Bolívar,1882. 2 vols.) en la cual ya es evidente no sólo la violencia que domina los valles de Aragua y Carabobo en los años veinte del siglo XIX, ya con Páez en el poder, sino la presencia del caudillismo.
El caudillismo, lo dijo al maestro Arturo Uslar Pietri(1906-2001),”hasta ahora la más original y acaso única creación política del mundo hispanoamericano ha sido ciertamente el caudillo”(Viva voz, ed. 1975,p.171). Esta meditación era antigua en él, la encontramos muy atrás en uno de los ensayos de su libro Apuntes para retratos(1952) titulado “El Cid y los caudillos”(Obras selectas, ed.1956,p.1009-1011). Esto lo prosiguió en un pasaje muy significativo de “Una legión de malditos” en donde recuerda el encuentro del caudillo argentino Rosas con el sabio europeo Charles Darwin, un encuentro desventurado, un momento de desentendimiento(Godos, insurgentes y visionarios, ed. 1985,p.85-95). Don Arturo también trazó la silueta del último de nuestros caudillos en su novela Oficio de difuntos(1976). Allí está el retrato psicológico de Gómez.
Al parecer que la creación política latinoamericana del siglo XX es el populismo, según advirtió el analista político Alvaro Vargas Llosa al periodista venezolano Rafael Osío Cabrices(El horizonte encendido, ed.2006,p.353).

IR Y VENIR

Nuestro comentario a Venezuela, el país que siempre nace será extenso, a ello nos ha empujado su lectura y sobre todo a aquello que nos va planteando a medida que vamos recorriendo sus páginas y meditando en sus contenidos. Por ello nos detendremos en diversos tópicos y muchas veces aparentemente nos alejaremos de lo escrito por Gisela Kozak, quizá parezca al lector que nos distanciamos pero siempre terminaremos llegando a ella y sus lúcidos planteamientos, hechos en tan estimulante obra.

ESTE LIBRO

Este es un libro producto de lecturas, hijo de una Venezuela leída, sentida, sufrida, seguramente con aquella “vivencia, conjuro y añoranza” que nos pidió hacerlo Mariano Picón Salas(1901-1965) en su Suma de Venezuela.(ed.1966,p.9). De allí la entrañable observación de su autora sobre el ejercicio de la lectura. Esta es para ella, cosa que compartimos, “Nada más distinto a la lectura de un libro, de una novela o un poema, operación intelectual de máxima complejidad que requiere de un entrenamiento largo…la lectura… requiere de un tiempo, una atención, una intimidad”(p.17-18).
No hay que olvidar que este libro se inicia, en su primera línea con estas observaciones: ”El pensamiento, la literatura y el arte en Venezuela forman parte de una irrenunciable herencia pero, para nuestro infortunio, se han prestado en demasiadas ocasiones para justificar la rebelión, el espíritu contrario a la institucionalidad, la violencia, el caudillismo o el rigor dictatorial como destino inevitable”(p.9).
Por ello indica “la crisis demoledora por la que pasa nuestro país, escritores, investigadores, docentes, críticos estamos planteando en forma no concertada una revalorización del pasado y presentes literarios locales”(p.15), ¿”cuales son las razones históricas, culturales, sociológicas, educativas a consecuencia de las cuales los venezolanos tendemos a negar nuestras realizaciones en el tiempo?¿Por qué la insatisfacción lógica respecto a las carencias lleva a negar los logros, a ocultarlos, a olvidarlos, en un acto de ceguera que sólo prolonga el escepticismo y el desconocimiento en las nuevas generaciones, formadas por nosotros, escépticos de oficio?”(p.15).
Y sobre los ensayos que forman su libro acota: “El hilo conductor que los reúne en el extraordinario peso que la política, la historia y el Estado han tenido en la vida intelectual y literaria venezolana y cómo ésta prefiguraba el advenimiento de un movimiento caudillesco y populista, la revolución bolivariana, convertidas ahora en el socialismo del siglo XXI”(p.11).
Indica: “Creo que esta guerra contra la institucionalidad y el ejercicio ponderado de la política de la intelectualidad, y, hay que decirlo, de la sociedad venezolana, nos ha hecho perder o ignorar los instrumentos ganados a través de tantos años de historia: partidos políticos, tradición literaria y cultural, instituciones educativas, logros legales y constituciones”(p.10).
“Por estas razones estudiar la literatura y la cultura venezolana se ha convertido en un imperativo político, ético, estético y vital”(p.10), “He dedicado los últimos años a trabajar la literatura venezolana vista como uno de los logros culturales de nuestra sociedad, más allá de las valoraciones diversas y divergentes que convoca el tema, en especial hablamos de la novelística”(p.10).“La literatura era la vía regia para pensarse a sí mismos(as) y relacionarse con el mundo, el camino providencial en la indagación de la identidad nacional y la construcción de un mundo distinto”(p.46), “Pero así como cada individuo requiere de una historia que lo sitúe en el mundo y necesita sus ficciones consoladoras, las naciones tienen sus propios héroes, sus propios relatos fundadores, sus mitos indispensables usados con fines políticos. En el caso venezolano el paradigma sería el culto a Simón Bolívar, de tan larga y desafortunada vida en el imaginario venezolano. No obstante, hay otros mitos más recientes, que, por cierto, coinciden con los deseos heroicos inconfesados del protagonista: los mitos revolucionarios de los sesenta”(p.70), se refiere ella aquí al protagonista de la novela Los últimos espectadores… de Ana Teresa Torres cuyo análisis es central dentro de las observaciones que hace la autora de este libro. Y porque esta ficción es obra mayor dentro de la ficción venezolana.

LA EPOCA

Uno de los hechos más fascinantes en Venezuela, el país que siempre nace es la comprensión que ella hace de la época que vivimos. Y ello tanto a nivel internacional como nacional, sobre todo en la incidencia sobre nuestro devenir de los sucesos de los años sesenta. Fue esta la década de la Revolución Cubana, del feminismo contemporáneo, que si bien había sido fundado primero por las sufragistas y dotado de sus elementos teóricos y prácticos, en 1949, por Simone de Bauvoir en El segundo sexo logró su plenitud universal gracias al feminismo norteamericano, especialmente gracias a obras como La mística de la feminidad(1962) de Betty Friedan o a Política sexual(1970) de Kate Millett. A estos tomos centrales añadiríamos hoy Contra nuestra voluntad(1975) de Susan Brownmiller, sobre la dolorosa experiencia de la violación, La primera vez(1981) sobre la iniciación sexual de la mujer. O ya dentro del llamado “postfeminismo” precisamente el libro de la ya citada Betty Friedan: La segunda fase(1981) e incluso La guerra contra las mujeres(1992) de Susan Faludi. Esto dicho así no hay que olvidar que el feminismo venía de muy atrás, había nacido en el siglo XVIII, en los días de la Revolución Francesa(julio 14,1789), a través del libro de la británica Mary Wolltonecraft(1759-1797): Vindicación de los derechos de la mujer(1792). Fue un contemporáneo masculino de esta singular mujer, el primer hombre latinoamericano en hablar de la concesión de los derechos políticos y de la libertad para divorciarse a las mujeres: Francisco de Miranda(1750-1816), su opinión(octubre 26,1792) está entre los papeles de su archivo (Colombeia, ed. t.X,p.275-276. Ver también nuestro “Miranda y los derechos de la mujer, El Diario de Caracas: marzo 14,1994). Por cierto que la Woltonecraft fue la madre de Mary Shelly(1897-1851) la autora de Frankestein o el moderno Prometeo(1817), hija de su segundo matrimonio con el notable editor y publicista William Godwin(1756-1836).
Fue la década del sesenta del siglo XX la del Concilio Ecuménico Vaticano II(1962-1965) que impulsado por el papa Juan XXIII(1881-1963), y realizado por su sucesor Paulo VI(1897-1978), puso en practica el necesario “aggiornamiento”, la puesta al día, de la Iglesia. Eso permitió que en América Latina fuera creada y desarrollada la Teología de la liberación desde los escritos del jesuita peruano Gustavo Gutiérrez.
Vino luego el singularísimo año 1968: Revolución de Mayo en París, el movimiento de la Primavera de Praga por la democratización del socialismo en Chacoeslovaquia y su represión: la invasión de la URSS a esa nación para impedir los cambios democráticos y poner fin a aquel experimento liberador(agosto 20). La experiencia checoeslovaca había sido marcada por Milán Kundera en su primera novela La broma(1967). Y el movimiento libertario dentro del comunismo tuvo tanto eco, en todas partes, que tres intelectuales venezolanos le dedicaron sus libros de aquellos días, obras de honda trascendencia hoy: Teodoro Petkoff a través de Checoeslovaquia: el socialismo como problema(1969), Manuel Caballero con El desarrollo desigual del socialismo y otros ensayos polémicos(1970) y Ludovico Silva en Sobre el socialismo y los intelectuales(1970). El desarrollo desigual…y Sobre el socialismo… fueron su primer libro en caso de Caballero y su primer libro en prosa en el caso de Silva quien, sin embargo, ya había publicado dos poemarios(Tenebra,1964 y ¡Boom¡,1966).
En América Latina como anota Gisela Kozak “Al igual que en otras regiones del continente, el feminismo, la cultura de masas representada en el heroísmo deportivo y la esperanza de la revolución modificaron la vida intelectual, las relaciones de poder, las aspiraciones de ascenso social y las relaciones personales”(p.39).

VENEZUELA

Con relación a nuestro país, “Este país de fracasados, imitadores y farsantes”(p.72) como ella dice,“Los venezolanos…somos los herederos de fracasos no sólo nacionales sino continentales”(p.72). El fracaso de la insurgencia armada y por mucho tiempo sus escasas expresiones literarias válidas y el hecho de que apenas exista una sola obra histórica sobre ella, que es distinta a las testimoniales, como es el caso de los libros de Angela Zago(Aquí no ha pasado nada,1972 y Sobreviví a mi madre,1995), sobre aquel asunto es suficientemente explicito.

CHAVISMO Y DEMOCRACIA

Habrá que marcar el 4 de febrero de 1992, y los años sucedidos después de él hasta el momento en que redactamos estas páginas, como días aciagos.
Gisela Kozak peregrina hacia atrás, sin salirse de las experiencias de los años sesenta y de sus derivaciones hacia los días que vivimos, por ello anota: “el particular devenir de la historia venezolana enmarcada en la utopía revolucionaria izquierdista, el desencanto político posterior a la caída del socialismo europeo oriental y el escepticismo ante la democracia que marcó a Venezuela hasta los años noventa del siglo pasado”(p.58), “un guerrillero puede parecerse demasiado a un montonero detrás de un caudillo. Y este parecido conecta con el presente nacional…es posible concluir, desde la lectura de Los últimos espectadores…que la izquierda de los sesenta en Venezuela estaba dormida, no extinguida. La Revolución Bolivariana es la demostración de que la izquierda venezolana esperaba su oportunidad para hacer gala de su espíritu de refundación del país, para mostrar un espíritu irredento de anacronismo político que impide una verdadera renovación de la izquierda y para reinvindicar el militarismo rural y patriarcal”(p.74), “la comprensible aunque indispensable herencia decimonónica de la historia nacional. No es de extrañar entonces que la Venezuela de los albores del siglo XXI mire con tanto fervor hacia el pasado”(p.74).
Aquí se impone una importante acotación: los guerrilleros fueron vencidos y entonces, como después de toda guerra, así la de ellos haya sido pequeña, se transformaron en hombres de la post-guerra, pero eran en ese caso aquellos quienes no estaban preparados para la paz. Este asunto tan crucial fue bien tratado por Francisco Herrera Luque(1927-1991) en Los viajeros de Indias(1961) obra decisiva sobre el pasado y presente venezolano si la ha habido. Sobre los hombres de la post guerra trae esta observación siempre singular como lo son siempre sus acotaciones. Esto tuvo que ver también con nuestros guerrilleros y guerrilleras de los años sesenta. Escribió el psiquiatra:”El peor daño que causan las guerras es revelarle al hombre su naturaleza reprimida. Por esto, muchos combatientes no aceptan cabalmente el armisticio. La tristeza y tensión que sienten en la post-guerra no se debe tan sólo a las pérdidas materiales y afectivas. La paz significa volver a estratificarse en el orden social. Volver al marco carcelario de la oficina cuando se tuvo por hogar el mundo. Es soportar nuevamente al jefecillo gruñón después de haber derribado hombres a punta de bayoneta. Es retornar a un medio que puede ser triste, lóbrego o sin sentido. Es aceptar nuevamente el futuro y estrechar el presente. La guerra es la liberación de este penoso esfuerzo. El hombre corriente, a pesar de todo, regresa a su antigua vida, vuelve a aceptar el cauce. Al fin y al cabo es de hombres adaptarse…Hay seres, sin embargo, que se quedan varados en el armisticio, como encallan los botes en el bajamar…Esta es la historia del bandolerismo, delincuencia e inmoralidad que azota a todos los pueblos después de la contienda”(Los viajeros…,ed.1970,p.93). La transformación de la guerrilla en delincuencia también se vivió en Venezuela, a ello se refiere un cuento de Carlos Noguera del cual nos ocuparemos más abajo. Así Herrera Luque tocó con su siempre certera mirada todos los ámbitos del suceso armado. Todo esto sucedió a nuestros insurgentes de los sesenta: no quisieron ni reintegrarse a la vida civil, ni ahondar en el por qué de su derrota ni buscar nuevos cauces para su vivir y para su acción política. En ellos pervivió el recuerdo de la palabra “guerra”, de volver a “hacer la guerra”, como reiterativamente nos decía a nosotros un ex guerrillero que iba constantemente a conversar con nosotros sobre estos asuntos en nuestra oficina de la Dirección de Publicaciones de Fundarte: era un derrotado pero no lo aceptada, ya las canas poblaban su cabeza. Y por ello estaba preso en sí mismo, en lo que no había podido ser y que él no había podido aceptar. Esto que describió con tanta certeza Herrera Luque es lo mismo a lo cual había aludido el maestro Rómulo Gallegos(1884-1969) en ciertos pasajes de La trepadora(1925) en lo que nos muestra a un hombre de las montoneras que ha dejado de actuar: “Ya del terrible guerrillero inutilizado por la paz sólo quedaba la memoria de sus hazañas…¡Ah, malhaya la guerra¡…Que eran los síntomas de aquel sombrío acceso de furor, tanto más peligroso cuanto que, no pudiendo lanzarlo a la guerra, por cualquier cosa lo lanzaba a las riñas”(ed.1977,p.153). También en La trepadora don Rómulo anatematiza la guerra civil, las montoneras y a los caudillos. Y es esta inestabilidad, el no haber puesto fin a la insurrección en 1969 con la “Pacificación” del presidente Rafael Caldera, el seguir soñando, el no pisar tierra, en vivir en el desarraigo, en no comprender el camino tomado por el país, pese a todos los males de nuestro sistema democrático, los cuales no podían ser corregidos sino con más democracia no con la autocracia de izquierda con la que ellos soñaban cada día, lo que les hizo creer que el viejo sueño de la guerra había despertado el 4 de febrero de 1992. Tanto que la campana que les sonó a los antiguos insurrectos, quienes para nada analizaron lo que tenían por delante y se entregaron a seguir las consignas de Hugo Chávez. Fue allí, y creemos que es su mejor testimonio, cuando surgió el libro de Ángela Zago La rebelión de los ángeles(1992). No pudieron todos aquellos ex guerrilleros, que no habían aceptado la paz y que era enemigos jurados del proceso democrático, darse cuenta que la verdad de lo que había surgido en aquel pronunciamiento era la posibilidad de un gobierno fascista, de un régimen opresor que tan bien describió seis años tarde Manuel Caballero, un hombre de izquierda pero un intelectual estudioso y buen comprendedor de la realidad, en su magnífico libro Contra el golpe, la dictadura militar y la guerra civil(1998) que reúne escritos concebidos durante los seis años que separan el golpe militar de 1992 de las elecciones de 1998. Es allí donde está la verdad.
Así podemos concluir en esta argumentación que la izquierda no sufrió un ataque de catalepsia entre 1969-1972 sino que estaba agazapada esperando, creyendo, erróneamente, que la historia se repite, vuelve a emerger. En verdad nunca volverán, ello es imposible, los años sesenta para ellos de la misma manera que cuando caiga Chávez o termine su gobierno para nada volverá el país a vivir la democracia puntofijista: surgirá otro modo de vivir dentro de la tolerancia y las libertades públicas con otros protagonistas. Pero es imposible retornar a 1958.
Y además hay que añadir sobre la personalidad del comandante presidente Chávez una observación que también trae Herrera Luque. Esta lo define muy bien, nos explica sus hondas patologías, el por qué le es imposible el trabajo sedentario, de hecho prácticamente no está nunca en su oficina laborando para el bien del país, en nueve años nunca ha gobernado, esta nos explica el por que de su desordenada cabeza, que haya llevado al país al caos, al desorden, a la anarquía, que es la de su propia personalidad, de su psiquis. Dijo nuestro siempre intuitivo psiquiatra:”Hay hombres que son como los equilibristas sobre la cuerda floja. Si no se mueven se desploman en el vacío. Su sino es marchar. No importa hacia dónde. Lo urgente es moverse. La quietud los aplasta y destruye. Por eso fijan metas inalcanzables”(Los viajeros…,p.147). Allí está pintado Chávez plenamente.
Otra semblanza del presidente Chávez está en estos versículos bíblicos:”Seis cosas hay que aborrece Dios,/y siete son abominación para su alma:/ ojos altaneros, lengua mentirosa,/manos que derraman sangre inocente /corazón que fragua planes perversos,/pies que ligeros corren hacia el mal,/testigo falso que respira calumnias,/y el que siembra pleitos entre los hermanos”(Proverbios: VI,16-19).
Volvamos a los planteamientos de Gisela Kozak de la cual al parecer nos hemos apartado. Ella apunta “Estado venezolano, fundido, de manera grotescamente antimoderna, con la personalidad del comandante-presidente Hugo Chávez y su visión excluyente de la nación venezolana…Un caudillo …cuyo espíritu refundador y su crítica visceral a la modernidad venezolana son ampliamente conocidos, sólo podía tener cabida en un contexto de evidente debilidad institucional en el que partidos políticos, poderes públicos y manejo económico se articulan en un mismo fracaso vivenciado como abandono de las funciones estatales por parte la sociedad venezolana”(p.102).
Y uno de sus corolarios, hay otros, “Las altisonantes críticas al neoliberalismo que han sido la médula del discurso del movimiento bolivariano parten de una apreciación justa para ofrecer un remedio erróneo”(p.102). Aunque, añadimos nosotros, las críticas al neoliberalismo forman parte del bonapartismo del régimen de Chávez porque si bien se critican esas políticas, de hecho el comandante lo hace cada vez que puede en su “Alo presidente y lo propala en sus giras”, a la vez esas mismas políticas neoliberales son las que impulsa el mismo gobierno desde el Ministerio de Finanzas. Es una inmensa paradoja pero es así. Y no ser neoliberales sería imposible porque no se puede apartar una economía capitalista y petrolera como la venezolana, de la marea del mundo económico de nuestra época cuyo camino es el propio del neoliberalismo. Esta, no se dicho bien, es otra de las mil contradicciones del chavismo que más que un movimiento de izquierda es un modo gobernar en el cual sólo impera el caos, la disolución de una sociedad radicalmente democrática como la venezolana, que lo es en su esencia como se puede probar plenamente con solo apelar a los papeles de nuestra historia.
La noción de “bonapartismo” es básica para entender el chavismo. Nadie la definido mejor que Domingo Alberto Rangel al explicar:”El bonapartismo siempre encierra una dicotomía. El bonapartista no deja de ser revolucionario ni de guardar sus nexos con las clases que han hecho una revolución. En cierto modo sigue siendo el jefe de esas clases. Pero en su conducta utiliza los resortes y las modalidades del viejo orden y de las clases enemigas. En esa contradicción entre lo nuevo en lo cual se apoya el jefe y lo viejo que es restaurado o perdonado radica la esencia histórica del bonapartismo”(Los andinos en el poder, ed. 1974, p.131). “Bonapartismo” viene de las políticas de Napoleón Bonaparte(17869-1821) en el poder en Francia. Rangel hace la definición a partir de su estudio del régimen(1899-1908) del presidente venezolano Cipriano Castro(1858-1924) uno de los caudillos más admirados por Chávez, como lo recuerda Gisela Kozak, cuyos restos hizo enterrar el comandante en el Panteón Nacional. Cipriano Castro también fue un presidente descocado.
Y esto mismo que hemos señalado del neo-liberalismo podría decirse de la actitud de los chavistas frente a la “globalización”: ¿acaso pueden abolirla?¿acaso han estudiado en la historia universal de donde viene porque aunque muchos no lo crean, incluso entre ellos mismos, lo globalización es muy antigua, nacida incluso lejos del siglo XX pues dio sus primeros latidos en el siglo XVI como consecuencia del primer viaje alrededor de la tierra(1519-1522) de Fernando de Magallanes(c1480-1521) y Juan Sebastián Elcano (c.1476-1526), la cual relató el humanista Antonio de Pigafetta(c.1491-c1534) en su obra Primer viaje en torno al globo(1525), libro incluso se puede tener también como la partida de nacimiento del realismo mágico, como lo dijo Gabriel García Márquez en su discurso de aceptación del Premio Nóbel de Literatura(La soledad de América Latina(1982) en El coronel no tiene quien la escriba, ed.1989,p.323-326).
Y además, por ejemplo, la cultura es siempre un hecho globalizado, ecuménico, de todos los lugares. Un lector, un crítico literario, un historiador, un estudiante, se forma leyendo obras de todas partes y lo sigue haciendo toda su vida. Para nada se fija de qué lugar geográfico viene cada obra porque estas forman una unidad. Y esto es globalización, esto es ser contemporáneo con los demás hombres. Tan contemporáneo de un José Saramago, un J.M.Coetzee o Orhan Pamuk como de Homero en la antigüedad, Dante en la Edad Media, Shakespeare o Cervantes en el Renacimiento, los escritores del siglo XIX o XX o los actuales son nuestros coetáneos. Y todo esto es globalización. Y este es un punto en el cual apenas se ha reparado. Sobre todo esos chavistas incultos que dicen que hay que luchar contra la globalización cosa que es imposible porque es un hecho universal y porque además hoy en día formamos parte de la aldea mundial, más desde que los satélites nos tienen informados minuto a minuto de lo que sucede en cualquier lugar del planeta, cuando gracias a Internet y al correo electrónico en minutos podemos comunicarnos desde América Latina con Asia, de Caracas con Tokio. Y además la verdadera cultura en todas sus realizaciones es un hecho mundializado, contra ello no se puede luchar porque vivimos, nadamos en el agua de lo universal.
Es importante hoy, y Gisela Kozak lo recalca, la lectura de los “autores (que) nos ponen en guardia frente al totalitarismo, la pérdida de las libertades individuales, la hipertrofia del Estado y las debilidades políticas de la democracia representativa que permiten el arribo de líderes como…Chávez al poder”(p.105).

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